http://www.diarioelinformante.com.ar/notamaster.php?id=178&deColumnista=S


Borges en los campos arroyeros

Entre el cielo y la tierra

Jorge Luis Borges dejó versos y amigos en San Nicolás. Pero en su infancia había dejado parte de sus días en los campos de la familia de su madre, en Acevedo. En su cosmografía recordaba los arroyos y esa pampa bárbara que cobijaba a los paisanos. En su biografía en la década del 70 no ahorró recuerdos para esa niñez tan autista a las costumbres populares que después se le fueron revelando con los cadeneros y con los orilleros del Barrio de Palermo.

Jorge Luis Borges durante los primeros meses de 1970 le dictaría una biografía en inglés a su traductor Norman Thomas de Giovanni que fue publicada por la Revista The New Yorker en septiembre de ese año. De esa traducción tomamos el primer capítulo en el cual se refriere a los veranos que pasó en el campo de los Acevedo y en las tardes nicoleñas.

Las calles de San Nicolás le recordaban algunos rostros que, como fantasmas, aparecían en sus sueños. Nada tenían que ver con esas caras de cadeneros o pendencieros con estigmas de tigres que caminaban las noches de Palermo. Estos centauros, aparecían dulcemente en medio de una pampa abierta, soleada; sostenidos en una cuerda verde que se disparaba hacia un horizonte infinito.
Los había presentido en los relatos que me ofrecía mi padre en la sobremesa. Mi padre me explicaba esas batallas sobre la mesa, con migas de pan. Esta, decía, era la posición de los persas, esta la de los griegos. Durante mucho tiempo yo seguí pensando en ejércitos y en barcos, en héroes y en batallas, como migas de pan".

En el auto que lo conducía hasta la Escuela Normal “Rafael Obligado” donde lo aguardaba expectante la buena gente; empezaría a ver esos hombres pequeños y de bombachas que montados en criollos lo llevaban de paseo por las tardes de verano.

Mi madre me prohibió la lectura del Martín Fierro, ya que lo consideraba un libro sólo indicado para matones y colegiales, y que además no tenía nada que ver con los verdaderos gauchos. Ese libro también lo leí a escondidas. La opinión de mi madre se basaba en el hecho de que Hernández había apoyado a Rosas y, por lo tanto, era un enemigo de nuestros antepasados unitarios.

El, “Georgie”, como buen hijo de anarquista en la línea de Spencer, recordaría que su primera experiencia verdadera de la pampa se produjo allá por 1909, durante un viaje a la estancia de unos parientes que vivían en las proximidades de San Nicolás, al noroeste de Buenos Aires.
Recuerdo que la casa más cercana era una especie de mancha en el horizonte. Descubrí que esa distancia desmesurada se llamaba "la pampa"; y cuando me enteré de que los peones eran gauchos, como los personajes de Eduardo Gutiérrez, adquirieron para mí cierto encanto. Siempre llegué a las cosas después de encontrarlas en los libros. Una mañana temprano me dejaron que los acompañara a caballo mientras llevaban el ganado al río. Los hombres eran pequeños y morochos, y usaban bombachas. Cuando les pregunté si sabían nadar, me contestaron: "El agua es para el ganado". Sin embargo el aprendió a nadar en el Arroyo del Medio, medio de aquellos veranos que se repartían entre el Hotel “Las Delicias” de Adrogué y las casa nicoleña de de sus parientes.

Las vacaciones de la infancia de Jorge Luis Borges estaban repartidas. Durante todos aquellos años pasábamos los veranos en Adrogué, donde teníamos residencia propia: una casa grande de una planta, con parque, dos glorietas, un molino de viento y un lanudo ovejero marrón. En esa época Adrogué era un remoto y tranquilo laberinto de quintas con verjas de hierro y jarrones de mampostería, de plazas y calles que convergían y divergían bajo el omnipresente olor de los eucaliptos. Mi hermana Norah se subía a los árboles, yo la seguía un poco nada más, y le gritaba: cuidado, “Noringa”. Y ella me decía “no tengas miedo, Georgino, si falta mucho para el cielo”.

El auto siguió vertiginoso recorriendo la ciudad que se tornaba familiar, y Borges no pudo dejar de recordar que su madre – Leonor Acevedo- le regaló a la hija del capataz de los campos, una muñeca, en una caja grande de cartón. Al año siguiente volvimos y preguntamos por la niña. "¡Qué alegría le ha dado la muñeca!", nos dijeron. Y nos la mostraron, todavía en la caja, clavada en la pared como una imagen. A la niña, por supuesto, sólo le permitían mirarla sin tocarla, porque la podía manchar o romper. Allí estaba, a salvo, venerada desde lejos. Leopoldo Lugones ha escrito que en Córdoba, antes de que llegaran las revistas, vio muchas veces un naipe clavado como un cuadro en la pared de los ranchos. El cuatro de copas, con el pequeño león y las dos torres, era especialmente codiciado. Influido por Ascasubi, antes de viajar a Ginebra empecé a escribir un poema sobre los gauchos. Recuerdo que intenté utilizar la mayor cantidad posible de palabras gauchescas, pero las dificultades técnicas me superaron y nunca pasé de las primeras estrofas. Y sin embargo, en este auto andando por San Nicolás se me aparecen los fantasmas de la infancia; esos que me recuerdan las tardes de arroyos y de una pampa que siento tan aburrida como mi vida.