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Pequeño barrio privado.


Custodiada su entrada y más allá del portón eléctrico, las calles de tierra serpentean las casitas...
El verdor de la hierba cubre las cunetas, sólo eso entre la tierra y las puertas.


Nadie, excepto nosotros, recorre la senda y entre lámparas titilantes y amarillas, algún croar interrumpe el canto de las pájaros.


Abren la puerta los niños de la vecina de enfrente y entonces el bullicio deambula, junto al silencio de la tortuga, el camino hacia el río. Los pequeños se encargan de ir hasta el gallinero a recoger de los nidos pajosos, los cuatro huevos de cada mañana.


Las sombras del sol mañanero, el andar de los niños, el contoneo de los patos que cayeron heridos hace tiempo...



 
con sus alas quebradas,
" sirí - sirí... "
al bando que se aleja




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16/11/2014


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