Noche de Reyes


No recuerdo mucho de esos días, sólo la sensación, la emoción que implicaba juntar pasto para los camellos, siempre parecía poco, eran tres y llevaban la peor parte, cargar con todo. A última hora llenaba un balde con las hierbas y uno repleto de agua, los imaginaba comiendo de a uno. 

Quizás sea porque nunca trajeron lo que pedía... que no hay mucho, sólo aquel día que dejaron un jueguito de mesa y sillitas, verde agua con patitas de alambre, pequeñas, donde ninguna muñeca podía sentarse. A la hora del almuerzo, las paraba detrás de las sillas, delante de cada plato servido. Jugué, jugué mucho con ellas.

Pero jamás olvidaré la sorpresa de la muñeca que andaba sola. Mi madre le dio cuerda y yo le extendí los brazos esperando que recorriera el camino y llegara a mí. Esa noche lo hizo tres, cuatro veces hasta que nos fuimos a dormir.
Desde aquella madrugada... sólo el recuerdo de esa caja sobre el ropero, lejos, tan lejos de mis manos.
Pocas veces volví a verla andar. 


Pasaban los años y en cada mudanza la reencontraba, ella siempre igual, la niña haciéndose mujer y mi niña interior de tanto en tanto recuperaba aquella única noche. 



Noche de Reyes,
nadie vio los camellos
comiendo el pasto 





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