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Es el mismo camino, la misma hora y sin embargo este día todo se ve distinto.
El invierno pone menos luces al asfalto, el frío oculta las pieles, achica los ojos y se ven menos los dientes con las sonrisas.
Hoy llueve, las calles brillan y las farolas empañadas por las gotas reflejan sus naranjas. Pero no todo luce igual, las veredas se alternan entre lo resbaladizo y lo accidentado, se hace difícil el equilibrio con el paraguas en la mano. Hasta las paredes opacan con la humedad sus colores.
Los perros que me acompañan por las mañanas hoy no aparecen, solo un par de ellos, guarecidos en un zaguán duermen sobre cartones.
El camino me acerca al río y el olor a pescado invade el aire. El viento se acrecienta, la lluvia remolinea y empapa las ropas, golpea contras mis anteojos y el vapor de mi aliento los empaña. Contengo el aire para recuperar algo de visión.
Los arbustos de la vereda de enfrente se recuestan hacia el este y sus hojas rumorean con la ventisca. La acacia de la esquina mueve los racimos de semillas, lo único que cuelga en ella por estos días.
El agua de la ciudad baja hacia esta zona y se dificulta cruzar la calle, corre con fuerza arrastrando todo lo que halló a su paso, bolsas, ramas, diarios...
Las gotas de lluvia hacen globitos, tendremos agua todo el día.
Llego a destino, toco el timbre y ¡ no hay luz !


julio con lluvia,
desolada la calle
mi sombra y yo


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