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Una larga hilera de árboles de aquí a la avenida, y estos espacios abiertos le permiten al viento su paso sin freno, golpeando el frío contra mi cara. Es sábado, al fin la jornada laboral no le resta horas al disfrute.
Recorro mis viejas calles, las de siempre; mientras trato, casi en vano, de contener el vuelo con las manos, cuando imprevistamente, ese sonido lejano acelera mi corazón

Campanadas.
Cabellos y calvicies
despeina el viento


Autos sin fin me detienen en la esquina...

eco al silencio.
Ofrecen flores hoy
en su velorio


El final ha puesto fin al presente, entonces cobra sentido el valor de cada instante, nada material he de llevarme, tan solo lo que enriquece mi alma, estas insignificantes e inagotables pequeñas cosas.

Salgo a caminar sin esperar nada, cruzo la avenida y

entre bocinas,
una mancha de aceite
espeja el cielo



Ha cambiado el paisaje, tan solo cemento de pared a pared, de vereda a vereda. El viento frío, ahora, acaricia mi cara. Las sombras de los troncos y sus deshojadas ramas han desaparecido, el verde casual de algunos ficus tampoco aparece. Sin embargo un estallido de color reaviva mi sonrisa, la niña junto a su madre

encapuchada,
le canta a su muñeca
de pelos rojos


LLevo las manos a los bolsillos y me sorprendo doblemente, he salido sin un centavo a la calle

buscando abrigo,
hojas secas de albahaca
en los bolsillos


aún así no pienso regresar ni un solo paso. Ha sido como ir al cine y no he pagado boleto de entrada.


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